Recordando a mi padre

Mi padre pertenecía a una generación de italianos que lograron salir de su país en tiempos de guerra y se hicieron una vida en estas lejanas y acogedoras tierras sin haber cursado siquiera la secundaria.

Mi papá era de esos italianos que hablaban comedidamente y según las circunstancias que lo ameritaran. Sacando con precisión las palabras de un repertorio gramatical que adaptaba fácilmente al español del Caribe colombiano que entonaba muy bien con los gestos y acento italianos.

Le gustaba colocar sobrenombres a las personas acorde con los personajes de las guerras y los líderes gubernamentales del momento.

La violencia sectaria y las atrocidades que formaban parte de la historia de un conflicto internacional que en Europa dejaron secuelas irreparables luego de su extinción, no eran temas aptos para menores de edad. Pero los acontecimientos y los detalles de que daban razón la prensa noticiosa  eran tan claros para él que la política era discutida solemnemente entre sus compatriotas como un clan familiar.

Con la misma solemnidad que ameritaban los domingos preparar una buena espaguettada y departirla con toda la familia reunida alrededor de una mesa extendida. Fue una época en que la palabra valía más, había orgullo en comportarse con dignidad y posiblemente la gente era feliz con mucho menos.

Siempre me hizo mucha falta la presencia permanente de mi padre y por siempre extrañé ese trozo de historia que se fue con él. Que muchas veces me la contaba a medias, pues se reservaba ahondar en el tema donde los recuerdos de su bella Italia sensibilizaban su corazón y hacían que sus ojos delataran su ineludible nostalgia y cayeran vencidos en la tristeza.

Cuarenta años han pasado desde aquél día de su fallecimiento y a pesar de ser un Lunes de Carnaval donde el pueblo se preparaba todo un año para llenar de colorido tan esperada celebración, el día pintaba gris y lúgubres eran las expresiones de un ánimo enmudecido, mientras mi hermano y yo llegábamos del único viaje en que la alegría que nos acompañaba siempre en cada regreso a nuestro terruño, esta vez comprensivamente nos abandonó.

Mi Apá, así como afectuosamente lo llamaba, vive por siempre en mis memorias y habita en mis recuerdos.  Sus enseñanzas me ayudan a enfrentar la vida y su ejemplo me estimula a saber esperar cuando las adversidades inquietan nuestra existencia, cuando las intrigas pretenden socavar la tranquilidad del ser humano, cuando la injusticia quiere imponerse  a los hechos justos que median en nuestra sociedad.

No se peleaba con la incomprensión ni mucho menos con el insulto de los demás, solo callaba y con su mirada enseñaba que el silencio era lo más apropiado, porque su conciencia le permitía estar en paz con Dios y consigo mismo, por ser una persona que hacía empatía con la rectitud y la honestidad en todas sus actuaciones, que transmitía confianza en el ámbito en que se desempeñaba como comerciante, del mismo modo en que rechazaba el aprovisionamiento de dudosa procedencia,  muy respetuoso en su relación de competencia mercantil,  pero más importante aún era esa su estrecha   y muy apreciada relación con la familia, y aunque no lo demostrara socialmente, muy destacable fue su amor por sus hijos y su valioso empeño de no ambicionar más allá de lo estrictamente necesario y hasta donde la capacidad de su propio esfuerzo productivo lo permitiesen.

Este 6 de febrero de 2018, ya hace 40 años que mi padre Rocco Filomena Faillace, no nos abandonó, más bien nos dejó un gran legado de amor, de saber soportar pasivamente pero con convicción las inclemencias que nos deparen los tiempos.  

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