Política sin sexo

 

Uno de los motivos utilizado para desacreditar el acuerdo de paz suscrito entre el Gobierno y las Farc fue el tema alusivo al “género”. Dentro de los principios que se defendían, en las discusiones se planteaba “crear las condiciones para que las mujeres y personas con identidad sexual diversa puedan acceder, en igualdad de condiciones, a los beneficios en un país sin conflicto armado”. Este criterio fue uno de los que se explotó dialécticamente, en aberrada publicidad, para que el plebiscito no tuviera éxito.

Ahora el país está presenciando los debates de campaña para acceder al congreso y a la Presidencia y en esas escenas el planteamiento de la “feminidad” y el “machismo” se emplea para despertar en la audiencia una reacción emotiva o visceral y no un análisis ideológico, relacionado con las propuestas para atraer a los electores.

Muchas de las damas que aspiran a ocupar un lugar en los órganos del poder público hacen su discurso defendiendo su condición de mujer y ensalzando sus cualidades, supuestamente diferentes y alejadas de los hombres. En síntesis, el debate no es ideológico sino sexual. Un pugilato de género, pues el principal argumento apunta a desplazar a sus competidores, por su condición de género y a reivindicar los derechos de ¡las hembras acosadas!

No cabe duda de que esta guerra “penica”, descubierta por la teoría “froidiana” ha venido siendo explotada, a raíz de la vinculación de la mujer al mundo del trabajo y la consecuencia de ese cambio radical, en su condición natural, la llevó a demandar el reconocimiento de sus derechos políticos, entre otros el voto.

Este conflicto ancestral surgido, según la historia mítica por la manipulación que Eva le hizo a Adán aprovechándose de su dominio vaginal, ha sido empleado para dividir a los habitantes del planeta, escisión que no se funda en razones sino en simples cuestiones instintivas, entre otras las frustraciones eróticas u orgásmicas.

Esa división dio lugar para que las mujeres, por “rebeldía”, cuando adquirieron el derecho al sufragio, no aceptaran las órdenes del compañero y se declararan en disidencia.

Hay que escoger entre el hombre y la mujer que compiten por aspiraciones de poder, pero hay que hacerlo por lo que pretendan políticamente y no para satisfacer pasiones inconscientes alimentadas por el “odio” antropológico. Llegar a un acuerdo de paz en los mismos términos que en su tiempo promovió John Stuart Mill y que fue el fundamento de las sufragistas para pelear su reconocimiento. En Chile este objetivo político lo defendió Salvador Allende y, en Argentina, Domingo Perón.

Depurar estas relaciones de género y divorciar las ideas acuñadas en la inteligencia cerebral de las pasiones generadas por los efectos hormonales es una solución al conflicto causado por la economía capitalista industrial. La leyenda de Bibiana Talero es un ejemplo de esta filosofía, por eso la mataron los españoles en Chocontá, en 1817, por su alianza subversiva, sin sexo, con los Almeidas.

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