La fermentación y la historia

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“El periodismo es el primer borrador de la historia”. La frase se atribuye a Phil Graham, presidente de El Washington Post, de moda a raíz de la proyección de la película The post.

En tiempos de redes sociales, el periodismo, más que un trabajo de análisis, es uno de celeridad. La primicia en caliente debe vencer la velocidad de la luz de la fibra óptica. Inclusive, la verdad pasa a un segundo plano; se escabulle. Noticias falsas se difunden en segundos por todo el planeta. La reflexión de hechos apenas está lavándose los dientes mientras que el trino necio está leyéndose en Singapur a la madrugada. El primer borrador de la historia es cada más un ruido disonante del presente, con mucha interferencia. Entonces, más que nunca, la historia, para ser reflexiva, didáctica, inclusive más veraz, debe alejarse de ese ruido y para eso requiere tiempo.

Una de las más importantes biografías de Jesucristo se escribió en el siglo XIX por Ernest Renan, casi dos mil años después de Cristo. La prensa internacional elogia la última biografía de Leonardo Davinci que fue escrita en 2017 por Walter Isaacson, casi 500 años después de la muerte del pintor. Se dice que la mejor historia de la Segunda guerra mundial la escribe John Keegan en 2005, sesenta años después del suceso. La historia no es una cocción, es más un proceso de fermentación. Un proceso vivo llevada a cabo por los ajenos que analizan en forense más que los propios. El prisma del tiempo permite decantar. El protagonismo no.

En las próximas elecciones presidenciales hay dos candidatos que fueron protagonistas del proceso de acuerdo entre las Farc y el gobierno: Humberto de la Calle y Rodrigo Londoño. Ninguno de los dos, ante la contienda electoral, fue capaz de permitir que el proceso tuviese un tránsito sin ellos. Seguramente allegados los animaron para entrar en la disputa. Eres el único que puede salvar el proceso. La frase de sus amigos. Esa cercanía con el proceso hace que los dos estén condenados a defenderlo. Y de paso, a no permitir que la historia comience su paso a la reflexión sobre el mismo. Sigue el candor de las columnas de opinión y no la erudición sobre los eventos y sus consecuencias. El proceso de paz, muy joven, aún se cocina y su fermentación se trunca.

Londoño, al ser candidato, no permite que su movimiento se elabore como partido con nuevos políticos sino con el puñado de compinches en armas. Torpeza que seguro va a costarle una derrota estruendosa en los resultados. De la Calle mutó su figura de hombre serio, ecuánime pero firme, que transmitió en los diálogos del acuerdo, al del político de discurso etéreo. Su alianza con Clara López, más que enaltecer principios o complementar ideas, se hace calculando la menuda de votos. Igual que hizo Santos con Angelino. Londoño y De la Calle, al entrar en la disputa, no dejan que el proceso de paz camine solo, lo exacerban en el debate electoral y Colombia no logra juzgarlo en franca lid con sucesos sino con arengas a favor o en contra.

Los expresidentes de Estados Unidos, generalmente se hacen a un lado al terminar su periodo y su legado comienza a escribirse en la historia al otro día de dejar la Casa Blanca. Van a su fundación, donan una biblioteca, gozan de sus ranchos y sus familias. Trinan poco.

Sandor Katz, escribió lo que los aficionados a la cocina consideran la biblia de la fermentación: El arte de la fermentación. Escribe Katz, “Los ritmos de la fermentación se han convertido en parte de mi vida en una forma profundamente satisfactoria. Siento que estarán conmigo por un largo tiempo. Fermentar requiere ciclos de nosotros, de retornar, inspeccionar, refrescar y renovar.”

Se puede aprender de los ritmos, sólo observando.

ExViceministro de Estado

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