Celebrar la vida

Estaba haciendo cuentas y desde que escribo mi columna, nunca me había tocado escribirla justo el día de mi cumpleaños. Por eso hoy quiero hablar de la vida, de lo bueno y de lo bonito.

Con el pasar de los años, llega la pausa, la agilidad para respirar hondo y tener paciencia en el actuar. Pero también la responsabilidad de aceptar y asumir las consecuencias de cada acto. Aprender es un acto de humildad.

Cuando la soberbia prima en nuestra vida como un eje rector, pueden llegar miles de experiencias con su obvio propósito, pero el aprendizaje no se hará efectivo. Y aprender para trascender es el objetivo más importante, creo yo, en la vida. Porque cuando se aprende, se convierte uno en una mejor versión de uno mismo. Cada vuelta al sol debe ser un momento de júbilo y también de reflexión en torno a las verdades que es bueno cantarse mirándose al espejo. Hay que saber decirse lo bueno y lo malo, tomar nota y seguir caminando con la intención de crecer. Es que cuando se aprende se crece y la satisfacción que se siente es muy importante, porque ahí la felicidad es infinita.

Sí, esto de ver las arrugas en la piel, las canas que se reproducen sin piedad y las carnes que empiezan a colgar, cuentan la historia que ya fue, con sus aciertos y equivocaciones, pero también con la satisfacción de estar viva aquí y ahora y no como una autómata a la que le pasan los años sin la recapitulación de cada experiencia. Tal vez vivir en consciencia sea más complejo, pero sin lugar a dudas trae en el largo plazo más satisfacciones. Lo importante es que estás cuarenta y dos vueltas al sol que he dado me han dejado claro que importa la familia, los amigos, la autenticidad de las relaciones, la veracidad de las acciones y que los aspectos materiales, aunque son agradables, no son los esenciales. He aprendido que la justicia se administra desde la autorregulación personal y que dejarse seducir por el poder, la ambición y el dinero, no tiene mucha gracia.

Estoy contenta de ver mis arrugas bien puestas, en la comisura de la boca y las patas de gallina en mis ojos. Sí, me he reído a carcajadas y espero hacerlo por lo menos en otros cuarenta y dos años más.

ExDirectora del Sena

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