¡Ay! los corruptos

Creo que una de las mayores preocupaciones que los colombianos tenemos es el nivel descarado de la corrupción de los que gobiernan. En los últimos años, bien sea por el poder y la democratización de la información, la rapidez de las noticias en las redes sociales y la voz de los que nunca podían hablar, por fin se conocen casos aberrantes que como sociedad estamos en la obligación de cambiar.

Las denuncias sobre el absurdo del costo de la alimentación de los niños, el sobrecosto de las obras, los abusos en el sistema de salud, la concentración de los cupos en los colegios y universidades, cada vez pululan más y la responsabilidad de quien gobierna es la de apretar las tuercas de un sistema permisivo y laxo que favorece las actuaciones corruptas.

Con todos los horrores que se ven y huelen desde las cañerías de las diferentes entidades estatales, lo cierto es que existe una anticultura de la corrupción, en donde la premisa es que los servidores públicos, desde el Presidente de la República hasta el más sencillo ordenador del gasto, no respetan la sacralidad de los recursos estatales porque, en una concepción muy extraña, creen que la plata de los colombianos es de ellos y que por ende la pueden usar. ¿Y cómo la usan? Poniendo a ministros, directores de entidades y administradores que permiten el uso de la contratación estatal para robarse el presupuesto del país.

Y se lo roban bajo la premisa de “es para mi campaña”, “necesitamos ganar las elecciones”, “si no usamos esa plata, nos dejan por fuera”. Frases que son usadas por los candidatos que van de entidad en entidad con una gorra de limosneros tratando de agarrar el mayor pedazo posible. Lo más triste es que se hace bajo la mirada permisiva del alto poder estatal. Es más, inducido por ese alto poder.

Por eso cuando algún funcionario se sale del hilo de la anticultura corrupta tiene que ser removido con urgencia porque la cadena de saqueo no se puede romper. Queda bautizado de “loquito” y con toda la fuerza y poder gubernamental se montan falsas historias para acusar al “sapo” de corrupto.

Los medios de comunicación están jugado un papel fundamental en la defensa de lo público, permitiendo que se conozcan los horrores y los aciertos de la administración pública en aras de que se comprenda que los que gobiernan no pueden creerse los dueños de las entidades, ni de las personas que trabajan en ellas, ni mucho menos de los recursos que se manejan.

El gran error de un gobierno corrupto en pleno siglo XXI es creer que puede gobernar sin consecuencias. La sociedad civil tiene el deber de denunciar, defender y presionar. Y los funcionarios tienen el deber de trabajar con honestidad, porque si van a delinquir, es mejor que se salgan del Estado y la legalidad, y acuñarse de frente como hampones. Con eso se ahorran, al menos, el esfuerzo de aparentar lo que no son y que a leguas se ve.

ExDirectora del Sena

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