La paz desnuda

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La cruda y hasta triste realidad del postconflicto está demostrando la fragilidad y de alguna manera la irrealidad de unas negociaciones adelantadas a puerta cerrada en La Habana, sobre el supuesto de que tanto el gobierno como las Farc interpretaban el sentir y la voluntad de una ciudadanía que nunca fue convocada para comprometerla con un proceso absolutamente necesario y difícil, después de la Independencia, el más difícil en la historia del país.

Las Farc se sentaron en La Habana asumiendo que encarnaban el querer popular por un cambio fundamental de Colombia, que según sus planteamientos había sido secularmente negado y rechazado por una oligarquía irresponsable y criminal; que esas posibilidades de cambio tendrían ahora su cuarto de hora con un Estado que ni derrotado ni triunfante, se encontraba tremendamente desgastado y deslegitimado y que veía en la negociación su posibilidad de salir fortalecido. Ellos, la guerrilla por el contrario se veían saliendo del monte con aire de héroes, pues afirmaban que el que los colombianos no los apoyaran, era simplemente otra mentira de la gran prensa.

 

Al gobierno Santos por su parte, el afán de materializar un acuerdo que por cuarenta años los sucesivos gobiernos habían buscado infructuosamente con las Farc, lo llevó a plantear alegremente compromisos a partir de la presunción o irresponsabilidad, ambas interpretaciones posibles, que el Estado en general y su gobierno en particular ahora sí tendría la capacidad de gestión y de interpretación de nuestra realidad que durante tantos años había brillado por su ausencia. En casi trescientas páginas de acuerdos puntuales, literalmente vaciaron los cajones de todo lo no realizado hasta entonces, como si mágicamente, ahora sí, se iba a poder o querer hacer, nuevamente ambas son explicaciones posibles. La razón esgrimida era que en los años anteriores la tarea no se había adelantado por las necesidades de la guerra y porque la negociación transformaría a un Estado hasta entonces corrupto, clientelista, inmediatista, entregado a los contratistas e irresponsable ejecutor, en un modelo de eficiencia y transparencia. Se olvidó que solo un acto de magia política haría eso posible.

Estos meses del llamado postconflicto han desnudado las dos causas fundamentales de nuestro conflicto armado, desconocidas durante la negociación. La primera, la incapacidad visceral del Estado colombiano para cumplir con sus funciones de convocar a la ciudadanía y actores de la sociedad; de dirigir procesos que aunque sean de naturaleza ciudadana necesitan dirección y coordinación y, finalmente, la capacidad para ejecutar, para hacer realidad lo acordado. Lo cierto es que el resultado y causa principalísima de nuestra situación nacional es el vacío, la ausencia de Estado que desde siempre ha sido aprovechado en su favor por los vivos de todos los pelajes; el almendrón de nuestra tragedia como nación, surge por consiguiente de la incapacidad que tenemos como Estado y como sociedad para asumir tareas colectivas y luego cumplir los objetivos trazados. La triste e inaceptable situación de la JEP y de los fondos manejados por la Consejería presidencial del post-conflicto nos muestran a un Estado y a una sociedad a la cual la tarea de construir caminos de convivencia, prosperidad y democracia les quedó, nos quedó grande. No se trata ahora de echarnos a llorar o agarrarnos de las mechas, sino de enfrentar la situación con realismo para redefinir un camino que quedó mal diseñado. Gran tarea y responsabilidad para el gobierno que llegue, independientemente de su color, porque los riesgos para todos con el caos presente son enormes.

 

La segunda causa es el narcotráfico, corazón y alimento de la crisis y violencia que vivimos. Si esto no se acepta sin tapujos es imposible entender la complejidad, versatilidad y duración de un conflicto que no es solamente armado y social y que permeó al conjunto de la sociedad en sus diferentes estratos, a la justicia, a la guerrilla, a la cultura o mentalidad popular, el entretenimiento con las narconovelas y nuestro sentir ciudadano, a la economía y la propiedad, no solo la rural.

Y hoy a las Farc al igual que al Estado, los avatares del postconflicto las confrontan con realidades que conocen pero que niegan, como es su creciente y funesta relación y dependencia con el narcotráfico, una herencia maldita para las FARC desmovilizadas, que si no asumen con claridad y valor, terminará con su proyecto político y con ellos en la cárcel, acá o en USA.

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