Plano público: la migración venezolana

Es desgarrador, pero también insólito, el drama de los migrantes venezolanos a la zona fronteriza del lado de Colombia. Llegan de su país acosados por las necesidades y abrumados por una ostensible pobreza, sin tener ninguna perspectiva de solución. Es la incertidumbre y la desesperanza.

 

Venezuela, pese a su abultada riqueza petrolera, perdió el rumbo respecto al bienestar que debió consolidar para su población. Fue el derroche en banalidades y desvíos. La llamada revolución socialista siglo XXI en que quedó atrapada, no es socialista, ni es revolución. Lo que hay es un régimen errático, asistencialista, donde predomina el caudillismo ególatra, de inspiración despótica, muy contrario a la democracia, con negación de las libertades y los derechos que dan legitimidad y son propios del buen gobierno.

Venezuela debiera ser el país de América Latina con los más altos índices de calidad de vida, con sistema de salud eficiente, con educación funcional generalizada y en todos los niveles de la enseñanza, con recursos disponibles para el fortalecimiento del desarrollo social y económico, con estímulos para la creación de cultura de impacto internacional, con instituciones políticas ajenas a manipulaciones nocivas, con preservación de las condiciones que eviten la degradación del medio ambiente, sin pobreza y bajo el común denominador de la convivencia.

Si bien es cierto que en Venezuela ha predominado en varias etapas de su historia el militarismo represivo, también ha habido períodos de recuperación democrática, pero, al parecer, estos no se profundizaron y los dirigentes dejaron la tarea incompleta o no acertaron en los contenidos de las políticas y por consiguiente dejaron los vacíos y facilitaron la imposición de un modelo cuyos resultados han llevado a la nación a un estado de quiebra en todos los órdenes. No hay paz, no hay producción de bienes que satisfagan la demanda interna, no hay justicia, no hay buen gobierno. Esa crisis ha hecho explosión hacia afuera con la diáspora cotidiana de los venezolanos que buscan refugios en el exterior. Es lo que está viendo Cúcuta: un desfile de víctimas que resultan de la incompetencia del Gobierno de Venezuela para el manejo de la nación en los términos de un Estado social de derecho, como debiera ser.

Es inquietante ese desfile diario de venezolanos convertidos en pordioseros. Hombres y mujeres, niños y adultos dedicados a la penosa informalidad, como opción de subsistencia precaria. Tienen que pedir para comprar algo de alimento, o un medicamento o pagar una habitación para dormir. O piden engañando.

Lo que pasa en Venezuela es tanto más grave cuanto mayor es la debilidad y la falta de claridad de quienes le hacen oposición a Nicolás Maduro. Tienen un discurso de lugares comunes, sin ahondar en el examen de la realidad. Allí se requieren correctivos serios, una nueva dinámica democrática para ponerle fin a la ceguera política de quienes hoy gobiernan en el vecino país, tan parecidos a los que en Colombia quieren “hacer trizas” el acuerdo que le puso fin  al conflicto armado con las Farc.

Puntada

La situación del Catatumbo, que es parte del conflicto armado de Colombia, no se puede seguir tratando con paños de agua tibia. La crisis es de fondo y requiere políticas de Estado de igual dimensión. De lo contario, a corto plazo, los estragos serán peores.

*Periodista y Escritor

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